El 6 de diciembre de 2025, en Albi, nuestra Familia religiosa vivió un momento de particolar intensidad con el traslado de los restos de nuestra Fundadora, Madre Gérine Fabre, desde la Grande Chapelle (donde se conservabandes de octubre de 1925) a la pequeña capilla de la Casa Madre.
Una procesión acompañó la pequeña urna que contenía los restos de la Madre Gérine; una procesión compuesta por las hermanas del Gobierno General, las hermanas de las dosc omunidades de Francia, algunas hermanas de la Provincia de Italia que vinieron específicamente para participar en este evento, y 6 jóvenes hermanas de la Delegación de Nigeria, de la Delegación de Uganda y de la Provincia de Pakistán que estaban viviendo un tiempo de formación; y luego los laicos cercanos a nuestras comunidades de Albi y Carcassonne y al carisma de Madre Gérine.
La celebraciónes tuvo presidida por e lactual obispo de Albi, monseñor Jean-Louis Balsa, y por el obispo emérito de Montpellier, monseñor Pierre Marie Carrè, que en 2005 fue obispo de Albi y presidiò el Capítulo general que marcó la reunificación de nuestra Congregación.
Esta procesión – que acompañó el traslado de la Madre Gérine – no fue sólo un acto de veneración y memoria, sino un signo de continuidad, comunión y fidelidad renovada a nuestro carisma.
Llevar a nuestra Fundadora a la pequeña capilla de la Casa Madre, en el corazón de la vida de la comunidad que hoy allí reside, significa reconocer que su vida, su fe y su intuición carismática siguen siendo fuente viva para la Congregación, para todos nostro hoy.
La celebración tuvo un significado aún más fuerte porque tuvo lugar en el vigésimo aniversario de la reunificación de la Congregación, en el año del Jubileo. El traslado de los restos de la Madre Gérine Fabre se planteó como un puente entre el pasado y el presente: un recordatorio de lo que dio origen a nuestra Familia religiosa y, al mismo tiempo, una invitación a caminar juntos hoy, en la diversidad de historias, de culturas, en un presente y hacia un futuro compartido.
La reunificación representó un acto de valentía y confianza en el Espíritu, que volvió a unir lo que había seguido caminos diferentes a lo largo del tiempo. La presencia de Madre Gérine, en el corazón de la Casa Madre, se convierte en un signo visible de esta unidad redescubierta y de la responsabilidad de custodiarla con responsabilidad y amor.
La memoria de Madre Gérine Fabre no nos remite a un pasado que hay que contemplar con nostalgia, sino a un legado spiritual que hay que encarnar cada vezmás: fidelidad al Evangelio, pasión por la verdad, dedicación a la misión educativo-sanitaria, atención a los más frágiles, según el espíritu dominicano. En este tiempo de gracia, nuestra familia religiosa está llamada a releer su historia a la luz de sus orígenes, reconociendo que la obra de Dios continúa incluso a través de la fragilidad y las transformaciones. El traslado de los restos de la Fundadora se convierte así en un signo profético: una invitación a permanecer arraigados en el carisma, a ser testigos creíbles de esperanza y comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy.

