UNA HISTORIA SORPRENDENTE

La historia de las Hermanas Dominicas de Santa Catalina de Siena nace del corazón de una joven francesa del siglo XIX, Françoise-Catherine Fabre, que se deja tocar por el grito de los pobres y de quienes están lejos de Dios. Desde niña, en el santuario de Chaudes-Aigues, Françoise-Catherine detiene en oración ante la imagen de la Virgen de la Piedad; en la contemplación del rostro desfigurado del Hijo, muerto en los brazos de su Madre, acoge la llamada a consagrar su vida a Dios para revelar el rostro materno de la misericordia del Padre a cada hombre y mujer que encontrará.

Siguiendo las huellas de Santa Catalina y en el camino trazado por Santo Domingo, funda la Congregación de las Hermanas Dominicas de Santa Catalina de Siena.

Después de las primeras casas en Francia, Madre Gérine y las primeras hermanas comienzan a difundir su carisma también en Italia, en Civitanova y luego, progresivamente, en otras ciudades. En 1874, Madre Gérine envia un pequeño grupo de hermanas a Uruguay y de allí a Argentina: donde había una llamada a anunciar el Evangelio, la Madre Gérine no duda en responder y en enviar a sus hermanas.

En 1879, sin embargo, un acontecimiento doloroso perturba la serenidad de la joven Familia religiosa. Por razones que aún no están del todo claras, la Madre Gérine se ve obligada a dejar la guía de la Congregación que, en poco tiempo, se divide en dos Congregaciones distintas: la francesa y la italiana. Durante más de un siglo, ambas Congregaciones han seguido caminos paralelos, sin dejar de estar unidas por un vínculo invisible y profundo: la misma Madre. A partir de los años ’80 comienza un largo proceso de acercamiento, marcado de encuentros de intercambio, diálogo profundo, escucha, pero también de batallados replanteamientos.
Finalmente, la Santa Sede sanciona nuevamente la unidad jurídica entre las dos Congregaciones con el Decreto de Unión del 14 de junio de 2005-

Hoy el don de la UNIDAD no es sólo un logro administrativa, sino parte del carisma, una responsabilidad para vivir y custodiar. El carisma dominicano de Madre Gérine ha transformado las heridas de la separación en una oportunidad de renovación y crecimiento. Esta historia puede y debe testimoniar que es posible reparar las fracturas y acoger las diferencias, que la UNIDAD es posible.